La Semilla de Todos
En el pueblo de Villa Semilla todo brillaba, pero una mañana algo andaba raro.
En el bulevar estaban reunidos los Coofikids. Sara tenía una semilla enorme entre las manos. Era la semilla Cooperadora, la que todos los años plantaban entre todos para que crecieran árboles de ideas, juegos y proyectos nuevos.
El problema: Sara no la quería soltar.
—Es mía —decía, abrazándola fuerte—. Si la comparto, ya no será especial.
Coofiayuda, con su capa amarilla ondeando, se acercó despacio. Sus grandes ojos verdes reflejaban toda la sabiduría de Villa Semilla. Se sentó junto a Sara y se dirigió a todos los Coofikids:
—Jóvenes y niños —dijo con voz suave—: una semilla guardada en una mano… se seca. Una semilla compartida en muchas manos… se vuelve bosque.
Sara frunció el ceño.
—Pero si todos la tocan, ¿qué gano yo?
Coofiayuda sonrió.
—Ganas algo que ninguna billetera puede comprar: que el árbol que nazca tenga tu nombre en cada hoja.
Los Coofikids se acercaron en círculo, expectantes.
Samuel rompió el silencio:
—Yo propongo que cada uno ponga una gota de agua en la semilla —dijo—. Así todos ponemos algo, pero sigue siendo una sola semilla.
Natalia levantó la mano.
—Yo digo que la partamos en pedacitos, un pedacito para cada uno.
Todos permanecieron en silencio: partir la semilla sonaba… triste.
Coofiayuda irrumpió:
—Coofikids, ¿qué pasa cuando plantas una semilla entera?
¿Y qué pasa cuando plantas solo pedacitos?
—Un árbol grande —murmuró Samuel.
—Y pedacitos que no crecen —susurró Natalia.
Coofiayuda hizo que los niños dirigieran su mirada hacia el bulevar y los árboles de la plaza.
—Excelente. La cooperación no es dividir para que toque menos. Es unir para que crezca más.
Y mirando a Sara, añadió:
—Tú no pierdes tu semilla al compartirla; al contrario, la multiplicas, porque el árbol que nazca tendrá raíces de todos, pero también tendrá tu corazón en el tronco.
Sara bajó la vista. La semilla ya no se sentía tan pesada en sus manos.
—¿Y si la sembramos entre todos, pero yo pongo la primera palada de tierra?
Los Coofikids aplaudieron.
—Muy bien —dijo Coofiayuda—. Eso es corazón y compromiso. Cuando todos ponen, nadie pierde, y el bosque es de todos.
—Pero antes de sembrarla —dijo Coofiayuda—, todos deben opinar. En Villa Semilla, cada voz cuenta.
Los niños asintieron y cada uno eligió voluntariamente cómo ayudar: unos llevaron agua, otros abonos, otros cuidaron el terreno.
Días después, de la tierra salió un brote pequeño… pero no era verde. Primero fue amarillo, como el sol. Luego verde, como la esperanza. Después azul, como los sueños. Y al final, todos los colores juntos, como el arcoíris.
—¡Es mágico! —dijo Sara.
Coofiayuda se puso al frente:
—No es magia. Es lo que pasa cuando el corazón y el compromiso se siembran juntos.
Mientras trabajaban, los mayores enseñaban a los más pequeños cómo sembrar y cuidar las plantas.
El brote creció más y más, y de una hojita cayó una semillita nueva, igual a la de antes.
—Ahora la pueden compartir otra vez —dijo Coofiayuda, guiñando un ojo—. Nunca se acaba. Se multiplica.
Los Coofikids se abrazaron.
Villa Semilla volvió a brillar, más verde y más amarilla que nunca. Y todos aprendieron que:
“La cooperación es la magia que convierte una semilla en un bosque.”
Junta de Vigilancia – Coofipopular





